Para mi asombro, me pasé toda la obra de teatro con un nudo en la garganta, aun en los momentos felices de la trama.
De pequeña, vi la película al menos 14 veces. Como toda niña de entonces, me aprendí las canciones, Do a deer... Bailaba su música girando frente al espejo y me sentía en los Alpes austriacos, The hills are alive... El disco de 33 revoluciones se hizo transparente de tantas veces que lo escuché. Soñaba con ser La Novicia Rebelde.
Esta semana, muchos años después, volví a ver la historia en el teatro, con mi nieto Nicolás, de 5 años, sentado en mi regazo. No me cambio por nadie. Ese momento lo guardo como un tesoro.
La música me regresa a mi infancia. En el transcurso de la obra veo a la par el transcurso de mi vida. Lo corto y lo largo que ha sido. El nudo en la garganta persiste. ¿Es de alegría?, ¿de nostalgia?, ¿de agradecimiento a la vida?, ¿de ver cómo el México que viví ya no existe?, ¿o simplemente la edad ha resaltado mi cursilería y sensibilidad? No lo sé.
Lo que sí sé es que todo en La Novicia Rebelde es un respiro de positividad: la historia, lo bien puesta que está en escena -al nivel de Broadway-, la entrega y pasión de los actores, la música, las interpretaciones, las voces de Olivia Bucio, como la Madre Superiora, la de Bianca Marroquín, en el papel de María, la de Lisardo, como Capitán Von Trapp.
Todo es un ejemplo de coraje y esperanza. Una muestra de lo que es creer en un sueño y de lo que el amor puede lograr; sí, ya sé que suena cursi, pero es cierto. ¡Qué refrescante! Ver un poco del lado bueno del ser humano fue como vacación de todo lo malo que a diario constatamos en los medios.
Confieso que tengo un nudo en la garganta al saber que mis nietos Diego, Pablo y Nicolás pueden ver que no todo es vivir con ese temor que ha invadido, sin permiso, nuestros cuerpos. Que la pasión existe. Que la esperanza existe. Que el creer en un ideal es posible. Que la adversidad siempre está al acecho, pero que con la actitud adecuada, si luchamos y persistimos, todo se logra.
Una lección: adaptarnos
Uno de los valores que la anécdota de la obra, a mi parecer, resalta de manera constante, es el de la adaptación. En ella, todos los personajes se tienen que adaptar a los cambios. Cambios ante la falta de la madre y la pareja, la guerra y sus consecuencias, el estilo de vida, el momento de vida, en fin.
Todos tenemos retos, sin excepción. Lo que la obra me deja es que de nada sirve quedarte sentado y quejarte. Que a veces, cuando la vida se pone dura, la actitud y el humor nos ayudan a aceptar nuestra nueva realidad.
Todos quisiéramos que nuestros hijos y nietos lo aprendieran. ¿Fácil? No. Sin embargo, vale la pena insistir. Recuerdo cuando Pablo y yo decidimos que nuestros hijos irían en los veranos a un campamento diferente cada año, para que así aprendieran a adaptarse. A pesar de que cada vez regresaban con la promesa de reencontrarse con sus amigos, al año siguiente todo era diferente. Lloraron y patalearon; especialmente Paola, nuestra hija mayor, cuando una vez en el aeropuerto coincidimos con el grupo de amigas que volarían al campamento anterior, mientras ella se dirigía a otro pueblo en otro Estado. Sin embargo, tener que adaptarse a nuevas circunstancias, los fortaleció.
Adaptarse con frecuencia significa renunciar al ego y ceder con buena cara; implica ser flexible, estar abierto a la vida y a las demás personas. Es tomar los eventos negativos de la vida y transformarlos en algo positivo. Es aceptar lo que es, no vivir en lo que quisiéramos que fuera.
No puedes perderte esta oportunidad. Aprovecha estos días de asueto para venir al DF a ver La Novicia Rebelde y comprueba que, con ganas, en México podemos hacer las cosas muy bien.
Autora-Gaby Vargas
genioyfigura@gabyvargas.com