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Los niños: Maestros zen

A pesar del frío, nos descalzamos, nos arremangamos el pantalón y, tomados de la mano, nos dirigimos al mar. El sol ilumina levemente la tarde, no calienta nada, y el viento de invierno sopla con ganas. El bebé de tres años y yo, ataviados con chamarras, jugamos a acercar los pies poco a poco a las olas, tratando de que el agua helada no nos alcance. Felices, gozamos el momento.

Poco a poco, Pablito toma confianza y le pierde respeto al agua. Entre risas, advertencias, protestas y jaloneos, trato de controlar, con la cola del changuito que sus papás le amarraron a la espalda, su intento de adentrarse al mar.

Con diez ojos vigilo que el agua no nos moje los pantalones; que la bolsa y los zapatos permanezcan en el lugar donde los dejé, y volteo hacia el restaurante a lo lejos, por si sus papás nos hacen señas para irnos. ¡Splash! En un instante de distracción, Pablito decidió echarse de panza al mar a pesar del frío, del viento, de su chamarra, pantalones de pana, y de mi supuesto control.

La sorpresa del frío en la panza lo deja sin aire, sin embargo, con una sonrisa más grande que su cara, empapado y con el pelo escurrido de agua helada, goza la travesura y chacualotea feliz. ¿¡Qué voy a hacer!? ¿Qué cuentas voy a entregar? Falta una hora de camino para llegar al hotel, no traemos ropa extra y ¡hace un frío espantoso!

Todo esto al niño lo tiene sin cuidado. Él no se cambia por nadie... y yo tampoco.

¡Qué momento más maravilloso! Sólo unos instantes. Me cuesta trabajo poner en palabras la capacidad de los niños para ser felices en cualquier momento y a pesar de lo que sea. Obsérvalos. Sólo les basta echarse a correr para que se rían sin razón alguna.

Únicamente disfrutan ese preciso momento. Su alegría es viva, espontánea, no requiere de estímulos o de condiciones especiales. Su alegría va más allá del tiempo y de este mundo. Es totalmente presente.

 
 
Aprendamos de ellos
 
 
Los adultos también tenemos acceso a ese tipo de felicidad. Son esos momentos en los que algo, una vista preciosa, un abrazo, una canción determinada, provoca que por instantes -que parecen una eternidad- experimentes una especie de epifanía.

Te detienes por completo y, como si salieras de tu cuerpo, te sientes vivo, pleno, en paz, agradecido. El tiempo también se detiene, se sale de lo lineal y tu cuerpo se mezcla con un todo, con el universo. El corazón se sale de tu pecho por instantes. Estás presente y sientes una profunda paz, pureza, qué sé yo. Un momento en que la vida simplemente es, está... y la disfrutas.

Qué lección me dio Pablito. Esa tarde compruebo que los niños son unos grandes maestros zen, si sabemos observarlos y abrir el corazón. El ahora es su mundo entero, es su área de juegos total.

Su fascinación por el ahora es natural, no la fabrican, no la aprenden, ni piensan en ello. La felicidad, para ellos, es totalmente gratis. No tienen que trabajar o sufrir para obtenerla.

Viven el presente sin importarles nada más. Me doy cuenta de que, para ellos, no existen preocupaciones pasadas ni futuras. No les importa. No se acuerdan. No hay mañana, no hay qué dirán... sólo el placer de gozar, de jugar y de reír aquí y ahora.

Te invito a convivir tantito con cualquier niño de dos a seis años: observa y métete en su mundo; aprende de ellos. Verás que, si te abres a la experiencia, te conectas con un todo y le agradeces a la vida el milagro de tener un hijo, un sobrino o, como en mi caso, un nieto.

 Autora- Gaby Vargas
genioyfigura@gabyvargas.com

26/02/2009 01:23. Autor: gabo. Enlazate. Tema: Periodiko.

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