Imposible ponerlo en palabras. Es la perfección misma. Como si te salieras del tiempo real y te conectaras por instantes con la eternidad. Como si todo desapareciera de tu mente. ¿Lo has sentido? ¿Sabes a qué me refiero? Es como tocar la belleza, el misterio que inspira, que provoca respeto, temor y maravilla.
Es probable que lo hayas experimentado al ver un atardecer en la playa, al escuchar una música que te incita a elevarte, abrazarte con alguien a quien amas o probar ese suculento pastel de chocolate. Llamémosle, por encasillarlo en un término, el asombro.
Cuando experimentamos el asombro, pareciera que toda nuestra atención, pensamientos y esperanzas se mezclaran. Sentimos, en lo profundo del plexo solar, como si de momento nos conectáramos con algo mayor a nosotros. Es asombroso, precisamente, porque es misterioso e inesperado.
Pienso que de esos momentos está hecha la felicidad. Está en nosotros reconocer esos instantes de paraíso a los que Borges se refería. Y no sólo reconocerlos, sino incluso provocar ese regalo a los otros. Y qué mejor momento que Navidad para hacerlo. Una de las formas es siendo generoso.
Sé generoso
La mayoría de los estudios indican que uno de los secretos que hace a las personas más sanas y felices, es ayudar a los demás. Algunos de éstos muestran una disminución del 60 por ciento de mortalidad entre aquellos que enfocan su atención en el otro.
Les proporciona lo que se conoce como "el pico de los ayudadores", similar al que le da a los corredores cuando tienen sus endorfinas al máximo. Es decir, esa sensación de dignidad, de gozo, de pasión que da ayudar a las personas. Es encontrar ese sentido de vida que a veces equivocadamente buscamos en los logros particulares.
No importa si se trata de apoyo de tipo económico, moral o en distinta forma, ayudar a otros nos inspira esa gratitud por lo que la vida nos ha dado; y precisa y paradójicamente es lo que recarga nuestra felicidad.
Pocas emociones superan aquella de saber que ayudaste a alguien. Y, además, a diferencia de la euforia que proporciona a los corredores llegar a la meta, esta sensación de sentirte bien (valga la redundancia) dura mucho tiempo.
Ayudar a otros también te ayuda a ti. Fortalece, además, tu sistema inmunológico, estimula las emociones positivas y disminuye el estrés. Por lo tanto, es importante que al arrimarle el hombro a otros les pasemos el compromiso de que ellos extiendan, a su vez, la ayuda a quien lo necesita.
De alguna manera, eso es de lo que la felicidad se compone: de encontrar nuestro camino hacia ella a través de las pequeñas cosas, a través de los instantes de asombro. Busquemos cultivarlo.
Después de todo, el secreto para hacerlo puede estar en darnos cuenta de que la verdadera paz no viene de estar todo el tiempo eufóricos o excitados como si hubiéramos ingerido cuatro bebidas estimulantes, sino de bajar la velocidad lo suficiente, de buscar en la espiritualidad alterar nuestro estado de conciencia a través del silencio, la oración o la meditación para conectarnos con la Divinidad.
Asimismo, el secreto para cultivar el asombro viene de ser generosos con nosotros mismos, para darnos cuenta y valorar que tenemos muchos regalos, y que tenemos la obligación de pasárselos a los demás.
Feliz Navidad a todos mis queridos lectores, y aprovecho para darles las gracias, porque escribir esta columna para ustedes es de las cosas que más disfruto y le dan sentido a mi vida.
autora-Gaby Vargas
genioyfigura@gabyvargas.com