Todos lo hemos presenciado alguna vez, porque no hay niño que se libre de esta transformación. Mientras juega muy tranquilo con otros niños, el angelito, en pocos segundos, se convierte en "Chucky, el muñeco diabólico" y ataca a otros niños ante la pena y disculpas de los papás. La palabra que predomina en la trifulca es "Mío, mío".
Cuando un bebé aprende que el sonido que sus papás pronuncian al dirigirse a él es su nombre, empieza a asociar ese sonido con quien él o ella es. En esa etapa, muchos niños se refieren a ellos mismos en tercera persona: "Emi quiere leche". Después aprenden la palabra mágica "yo", y la equiparan con su nombre: Emilio = yo.
Es entonces que el siguiente concepto que un niño adquiere es la palabra "mío" para designar sus coches o su muñeca, que de alguna manera son "yo". Es por eso que cuando a un niño se le rompe o le quitan "mi" juguete, le provoca un gran sufrimiento.
Y no por el valor intrínseco que tenga, porque al rato ya no le interesa, sino por el pensamiento "mío" = "yo": El juguete soy yo. Según Eckhart Tolle, en su libro A New Earth, éste es el inicio de la identificación que tenemos con los objetos.
La palabra identificación viene del latín idem ("igual") y facere ("hacer"), así que cuando me identifico con algo, lo "hago igual". ¿Igual a qué? Igual a "yo". Bien dicen que la diferencia entre un niño y un hombre es el precio de sus juguetes. Más tarde, el juguete se convierte en mi coche, mi casa, mi ropa, mi bolsa y demás. En la compra de cosas trato de encontrarme, ¿lo logramos?
El "yo" y la publicidad
La industria de la publicidad sabe que para vendernos cosas -que incluso con frecuencia ni necesitamos-, nos deben convencer de que esas cosas nos agregan "algo" a como nos vemos o nos ven los demás. En otras palabras, lo que porto, me aporta. Le agrega algo a mi sentido de "ser".
Con tal o cual producto, vamos a destacar entre la multitud; con tal o cual marca, de alguna manera "voy a ser más valioso". O quizá nos crean una asociación mental entre un producto y una celebridad, alguien joven y guapo, o alguien que se ve feliz.
Lo que captamos es que, como a través de un acto de magia, nos apropiamos de las cualidades de George Clooney, Catherine Zeta-Jones o David Beckham; por lo menos, de su imagen superficial. No está mal ¿no?
Lo malo es que, compramos un sueño, una "mejora en mi identidad" irreal, en mi ego. Y si el producto es de marca -lo que significa caro-, le agrega a la irrealidad la etiqueta de "exclusivo". Si todo el mundo tuviéramos acceso a ellos, los productos de marca perderían su valor psicológico y sólo nos quedaría su valor material, que probablemente sea una fracción del costo que exhiben.
Las cosas con las que nos identificamos varían de persona a persona de acuerdo a la edad, género, ingreso, moda y cultura a la que pertenecemos.
Paradójicamente, lo que mantiene la llamada industria del consumo es el hecho de que tratar de encontrarnos a través de las cosas no funciona: la satisfacción que el ego obtiene es muy efímera, por lo que continuamos buscando más, comprando más, consumiendo más.
Claro, las cosas son necesarias y parte de nuestras vidas. Otras las disfrutamos simplemente por su belleza. Lo que Eckhart intenta es mostrarnos una luz de alerta. Observa: ¿Qué tan identificado estás con las cosas? ¿Qué ligero sentido de importancia o superioridad te da el hecho de poseer algo? ¿La falta de ellas te hace sentir menos que los demás?
La realidad es que lo que porto sólo le aporta a mi ego, no a quien en verdad soy. El reto es darnos cuenta de la diferencia ¿Mío = Yo?
Autora-Gaby Vargas
genioyfigura@gabyvargas.com