Fragmento extraido de "El Codigo Da Vinci" de Dan Brown-
Se sintió una vez más en Harvard, de nuevo en su clase de “Simbolismo del Arte”,
escribiendo su número preferido en la pizarra:
1.618
Langdon se dio media vuelta para contemplar la cara expectante de sus alumnos.
- ¿Alguien puede decirme qué es este número?
Uno alto, estudiante de último curso de matemáticas, que se sentaba al fondo levanto la mano.
- Es el número Phi- dijo, pronunciando las consonantes como una efe.
- Muy bién, Stettner. Aquí os presento a Phi.
- Que no debe confundirse con Pi- añadio Stettner con una sonrisa de suficiencia.
- El Phi- prosiguió Langdon-, uno coma seiscientos dieciocho, es un número muy importante para el arte.
¿Alguien sabría decirme por qué?
Stettner seguía en su papel de gracioso.
- ¿Porque es muy bonito?
Todos se rieron.
- En realidad, Stettner, vuelve a tener razón.
El Phi suele considerarse como el número más bello del universo.
Las carcajadas cesaron al momento, y Stettner se incorporó, orgulloso.
Mientras cargaba el proyector con las diapositivas, explicó que el número Phi se derivaba
de la Secuencia de Fibonacci, una progresión famosa no sólo porque la suma de los números
precedentes equivalia al siguiente, sino porque los cocientes de los números
precedentes poseian la sorprendente propiedad de tender a 1.618, es decir, al número Phi.
A pesar de los orígenes aparentemente místicos de Phi, prosiguió Langdon,
el aspecto verdaderamente pasmoso de ese número era su papel básico en el molde constructivo
de la Naturaleza. Las plantas, los animales e incluso los seres humanos
poseían características dimensionales que se ajustaban con misteriosa exactitud a la razón de Phi a 1.
- La ubicuidad de Phi en la naturaleza- añadio Langdon apagando las luces-
transciende sin duda la casualidad, por lo que los antiguos creían que ese número
había sido predeterminado por el Creador del Universo.
Los primeros científicos bautizaron el uno coma seiscientos dieciocho como “La Divina Proporción”.
- Un momento- dijo una alumna de la primera fila-. Yo estoy terminando biologia y nunca he visto
esa Divina Proporción en la naturaleza.
- ¿A no?- respondió Lagdon con una sonrisa burlona-. ¿Has estudiado la relación entre machos
y hembras en un panal de abejas?
- Si claro. Las hembras siempre són más.
- Exacto. ¿Y sabías que si divides el número de hembras por el de los machos
de cualquier panal del mundo, simpre obtendrás el mismo número?
- ¿Si?
- Si. El Phi.
- La alumna ahogó una exclamación de asombro.
- No es posible.
- Sí es posible- coontratacó Langdon mientras proyectaba la diapositiva
de un molusco espital-. ¿Reconoces esto?
- Es un nautilo- dijo la alumna de biología-. Un molusco cefalópodo que
inyecta gas en su caparazón compartimentado para equilibrar su flotación.
- Correcto. ¿Y sabrías decirme cuál es la razón entre el diámetro de cada tramo de
su espiral con el siguiente?
La joven miró indecisa los arcos concéntricos de aquel caparazón.
Langdon asintió.
- El número Phi. La Divina Proporción. Uno coma seiscientos dieciocho.
La alumna parecía maravillada.
Langdon proyectó la siguiente diapositiva, el primer plano de un girasol lleno de semillas.
- Las pipas de girasol crecen en espirales opuestos. ¿Alguien sabría decirme
cuál es la razón entre el diámetro de cada rotación y el siguiente?
- ¿Phi?- dijeron todos al unísono
- Correcto.- Langdon empezó a pasar muy deprisa el resto de las imágenes: piñas piñoneras,
distribuciones de hojas en ramas, segmentaciones de insectos,
ejemplos todos que se ajustaban con sorprendente fidelidad a la Divina Proporción.
- Esto es insólito- exclamo un alumno.
- Si- dijo otro-. Pero ¿que tiene que ver esto con el arte?
- ¡Aja!- intervino Langdon-. Me alegro de que alguien lo pregunte.
Proyectó otra diapositiva, de un pergamino amarillento en el que aparecía
el famoso desnudo masculino de Leonardo da Vinci – El hombre de Vitrubio-,
llamado así en honor a Marcos Vitrubius, el brillante arquitecto romano que ensalzó
la Divina Proporción en su obra “De Arquitectura”.
- Nadie entendia mejor que Leonardo la estructura divina del cuerpo humano.
Había llegado a exhumar cadáveres para medir las porporciones exactas de sus estrcuturas óseas.
Fue el primero en demostrar que el cuerpo humano está formado literalmente de bloques
constructivos cuya razón es siempre igual a Phi.
Los alumnos le dedicaron una mirada esceptica.
- ¿No me creéis? – les retó Langdon-. Pués la próxima vez que os duchéis,
llevaros un metro al baño.
A un par de integrantes del equipo de fútbol se les escapó una risa nerviosa.
- No sólo vosotros, cachas inseguros- cortó Lagndon- , sino todos. Chicos y chicas.
Intentadlo. Medid la distancia entre el suelo y la parte más alta de la cabeza.
Y divididla luego entre la distancia que hay entre el ombligo y el suelo.
¿No adivináis que número os va a dar?
- ¡No será el Phi!- exclamó uno de los deportistas, incredulo.
- Pues sí, el Phi. Uno coma seiscientos dieciocho. ¿Quereis otro ejemplo?
Medíos la distancia entre el hombro y la punta de los dedos y divididla
entre la distancia entre el codo y la punta de los dedos. Otra vez Phi.
¿Otro más? La distancia entre la cadera y el suelo dividida entra la distancia
entre la rodilla y el suelo. Otra vez Phi. Las articulaciones de manos y pies.
Las divisiones vertebrales. Phi, Phi, Phi. Amigos y amigas,
todos vosotros sois tributos andantes a la Divina Proporción.
Aunque las luces estaban apagadas, Langdon notaba que todos estaban atónitos.
Y el notaba un cosquilleo en su interior. Por eso se dedicaba a la docencia.
- Amigos y amigas, como veis, bajo el caos del mundo subyace un orden.
Cuando los antiguos descubrieron el Phi, estuvieron seguros de haber dado con el plan
que Dios había usado para crear el mundo, y por eso se le rendia culto a la naturaleza.
Es comprensible. La mano de Dios se hace evidente en ella,
e incluso en la actualidad existen religiones paganas, que veneran la Madre Tierra.
Muchos de nosotros honramos la naturaleza como lo hacían los paganos,
y ni si quiera sabemos por qué. Las fiestas de mayo que celebramos en
los Estados Unidos son un ejemplo perfecto... la celebración de la primavera,
la tierra que vuelve a la vida para darnos su fruto.
La misteriosa magia inherente a la Divina Proporción se escribió al principio de los tiempos.
El hombre se limita a acatar ls reglas de la Naturaleza,
y como el arte es el intento del hombre por imitar la belleza surgida de la mano del Creador,
ya os podéis imaginar que durante este semestre vamos a ver bastantes muestras de
la Divina Proporción aplicadas a las diversas manifestaciones artísticas.
Durante los siguientes treinta minutos, Langdon se dedicó a mostrarles diapositivas
con obras de Miguel Ángel, Durero, Leonardo Da Vinci y muchos otros,
demostrando en todos los casos la deliberada y rigurosa observancia de la Divina Proporción
en el planteamiento de sus composiciones.
Langdon desenmascaró el número Phi en las dimensiones arquitectónicas del Partenón ateniense,
de las Piramides de Egipto e incluso del edificio de las Naciones Unidas de Nueva York.
El Phi aparecía en las sonatas de Mozart, en la Quinta Símfonia de Beethoven,
así como en los trabajos de Bartók, de Debussy y de Schubert. El número Phi,
expuso Lagndon, lo usaba hasta Stradivarius para calcular la ubicación exacta
de los oídos o efes en la construcción de sus famosos violines.
- Para terminar- dijo Langdon acercandose a la pizarra-, volvamos a los símbolos.
– Dibujó las cinco líneas secantes que formaban una estrella de cinco puntas-.
Este símbolo es una de las imágenes más importantes que vereis durante este curso.
Formalmente conocido como “pentagrama”, o pentáculo, como lo llamaban los antiguos,
muchas culturas lo consideran tanto un símbolo divino como mágico.
¿Alguien sabe decirme por qué?
Stettner, el alumno de matemáticas, levantó la mano.
- Porque al dibujar un pentagrama, las líneas se dividen automáticamente en segmentos
que remiten a la Divina Proporción.
Langdon movió la cabeza hacia adelante en señal de aprobación.
- Muy bién. Pues sí, la razón de todos los segmentos de un pentáculo equivale a Phi,
por lo que el símbolo se convierte en la máxima expresión de la Divina Proporción.
Por ello, la estrella de cino puntas ha sido siempre el símbolo de la belleza
y la perfección asociada a la Diosa y a la divinidad femenina.
Las alumnas sonrieron, complacidas.
Fibonacci---Bigollo