
La primera civilización de la cual se tienen registros
confiables de gatos domésticos es la Egipcia.
Se piensa que los gatos silvestres,
cuando aparecieron los egipcios (más de 3000 a.C.),
se aproximaban a estos centros habitados para consumir
las grandes cantidades de roedores que se acumulaban principalmente
en los cultivos de granos a lo largo del Nilo,
pero se sabe que luego fueron empleados para capturar además peces y aves.
De esta manera, los egipcios observaron que los gatos
les resultaban muy útiles y se fundó un gran respeto hacia estos.
Tanto fue el valor que se les dió,
que poco a poco se fueron creando leyes que los protegían
y que tuvieron un grado terriblemente radical.
Se dice que aquella persona que matara a un gato,
aunque hubiese sido de manera accidental, debía morir.
Si el gato enfermaba y moría, los dueños debían depilarse las cejas en señal de duelo.
Los gatos muertos eran enterrados y toda la familia los recordaba
tanto a ellos como a su ascendencia, con grandes honores.
Al ser ubicados a tan alto nivel, muchos eran sacrificados,
y se les "dedica" una ciudad: Per-Bast (o Bubastis,
actual Tell Basta) donde los cuerpos eran momificados
y se les elevaban estatuas en su honor. En 1800,
se encontraron hasta 300 000 momias de gatos en uno de sus cementerios.