Los viernes a la noche, los séptimos hijos varones de algunas familias de
valle verde se volvían lobizones. En un tiempo se originaban innumerables
escándalos y episodios sangrientos. Pero con los años, los lobizones
aprendieron a amainar sus instintos, a cuidar sus modales y a maquillar sus
hocicos repugnantes. La gente les fue perdiendo el miedo primero y el
respeto después.
Los muchachos del barrio los corrían a pedradas y, en el mejor de los casos,
se burlaban de los hombres lobo, rebautizándolos con apodos infamantes.
Una noche, hartos de recibir humillaciones, los monstruos semanales
abandonaron todo recato y recorrieron el barrio pegando alaridos y lanzando
tarascones al aire. Sin embargo ya era demasiado tarde. Habían perdido la
autoridad que es indispensable para asustar. Nadie volvió a tomarlos en serio.
Hoy los lobizones se ocultan y se reúnen en locales secretos, recordando
sus hazañas del pasado.